Geneviève
Brunet bajó la persiana y cerró con candado su tienda de té a granel. El cielo barruntaba
nieve. Si la predicción del tiempo no erraba, estaba asegurada una mañana de Navidad
blanca.
Encontró
su apartamento como lo había dejado: ordenado y limpio. Listo para revista. La
mesa del comedor dispuesta hasta el último detalle para la cena de Nochebuena.
Encendió
la calefacción. Programó el termostato con picardía para asegurarse que su
invitado se desprendiera pronto del jersey finlandés que siempre llevaba. Ella
disfrutaba del contraste de aquel hombre recio que ocultaba, bajo la informe ropa
de adulto, viejas camisetas frikis (metáfora perfecta del niño que aún vivía
dentro de él).
Se
arregló sin prisas: vestido de noche, tacón alto para equilibrar el juego de
alturas entre ellos, pendientes largos de lapislázuli. Era un conjunto
elegante, sin estridencias.
Después
sólo tuvo que darle la vuelta a las dos copas que había dejado boca abajo por
la mañana y encender la vela del centro de mesa. El escenario estaba preparado.
El día anterior había comprado un enorme ramo de eucaliptus y el salón olía a
bálsamo para el resfriado. Para ella no había nada más invernal que un buen
catarro.
Héctor
Gröc llegó puntual con varias bolsas reutilizables de algodón donde llevaba un
exquisito menú para dos comensales (uno de ellos intolerante al gluten). Preparó
vino caliente y emplató con la pericia de un cocinero profesional con sus rudas
manos de ebanista. Ella se tomó la libertad de quitarle una viruta de madera
atrapada en su cabello y la cara de él enrojeció como muda respuesta.
Ambos
estaban en la treintena, tenían buena planta, eran personas juiciosas y
disfrutaban sin ataduras de la mutua compañía.
Héctor
comentó que ella olía a canela y ella lo justificó por estar trabajando en una
infusión para primavera. Geneviève (era una mujer discreta) omitió decirle que
él olía a resina y eso le hacía imaginar bosques de cuento de hadas.
Después
de la cena bailaron un poco. Ella dio por bien invertido el dinero gastado en
el curso de mindfulness al deleitarse con una práctica de conciencia plena de
sus manos en la amable espalda de él. La música no estaba muy alta para no
molestar a los vecinos y la nieve, con prudencia, empezó a caer instantes antes
que ellos se dejaran llevar por una comedida pasión.
Se
despertaron ambos con dolor de estómago y fiebre. Tal vez el vino, tal vez la
comida. Quién sabe. La tormenta había superado las previsiones meteorológicas y
la ciudad estaba paralizada por dos metros de nieve. Comprendieron que nadie
acudiría en su ayuda.
Vomitaron
por turnos. Cuando ello no era posible él le cedía el uso del lavabo y se
conformaba con el fregadero. Ella aportó un variado surtido de medicamentos
paliativos y él un espray para el mal aliento. Lucharon contra la fiebre juntos
pero cada uno a su manera: Héctor sudando bajo las mantas (era un hombre
apegado a la tradición) y Geneviève (tenía una amiga enfermera) se puso un
camisón de verano. Aprovecharon para hacer un maratón de una serie que ambos ya
habían visto porque así, si uno se dormía, cuando despertaba podía seguir sin
problemas el hilo de la historia.
Compartieron
lo que tenían, no perdieron la ternura y se sorprendieron al encontrar la
fuerza interior para ayudar al otro cuando era necesario. Estuvieron seguros de
haber descubierto juntos el verdadero espíritu de la Navidad.
Y
como eran personas juiciosas decidieron casarse, tener un par de hijos y
aburrir cada Navidad a sus familias con su excepcional aventura.
Publicado en mi nuevo blog: https://cajondesastre2020.blogspot.com/
para el concurso #cuentodeNavidad de Zendra Libros.
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